diciembre 15, 2019

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Estadio olímpico universitario, orgullo de la UNAM y de México

Estadio olímpico universitario, orgullo de la UNAM y de México

El 7 de agosto de 1950 se concretó un sueño. Ese día, en una hondonada del Pedregal de San Ángel se colocó la primera piedra del Estadio Olímpico Universitario. En cada uno de sus rincones están grabadas historias de triunfos con tinte épico, el recuerdo de derrotas que calan el espíritu, y la memoria de los títulos que forjaron la leyenda de los Pumas de la Universidad Nacional, tanto en futbol americano como soccer.

La obra civil se construyó en ocho meses, y en ella participaron más de 10 mil obreros que trabajaron las 24 horas del día. El 20 de noviembre de 1952 abrió sus puertas por primera vez, con la Ceremonia de Dedicación de la Ciudad Universitaria, encabezada por el exrector Luis Garrido y el entonces presidente Miguel Alemán.

Este recinto es parte fundamental del campus central, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO el 29 de junio de 2007. El proyecto arquitectónico y la dirección estuvieron a cargo de Augusto Pérez Palacios, Raúl Salinas Moro y Jorge Bravo Jiménez, con la colaboración del entrenador de futbol americano Roberto Tapatío Méndez y el profesor Jorge Molina Celis, decano del atletismo universitario.

Pérez Palacios, artífice de la obra, estudió en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso y en la Academia de San Carlos; se recibió en 1933 con un proyecto de “Ciudad Universitaria” en los terrenos que pertenecían a la Hacienda de los Morales.

En 1963 escribió El Estadio Olímpico. Ciudad Universitaria, libro donde relató la historia de la edificación: pormenores, proyecto y criterios estructurales, entre otros. El texto fue ilustrado con planos, croquis y fotografías de Saúl Molina y de la Compañía de Aerofoto Mexicana.

CU, legado del Milagro mexicano

Después de la Segunda Guerra Mundial, la economía mexicana alcanzó un desarrollo notable. Entre 1940 y 1958 el crecimiento anual del PIB fue superior al 6.5 por ciento, mayor al de la población, de alrededor del tres por ciento. A este período se le conoce como el “Milagro mexicano”.

Siendo rector de la UNAM Rodulfo Brito Foucher, en 1943 comenzaron las gestiones para adquirir unos terrenos al sur de la Ciudad de México para construir un espacio que aglutinara a todas las facultades y fuera sede de la Universidad.

Tres años después, con Salvador Zubirán en la Rectoría, se constituyó la Comisión de la Ciudad Universitaria, para dar seguimiento al proyecto. Se convocó a concurso y el proyecto ganador fue el de la entonces Escuela Nacional de Arquitectura, y los arquitectos Enrique del Moral, Mario Pani y Mauricio M. Campos fueron designados directores-coordinadores de la construcción.

En los albores de la década de los 50 comenzó la construcción de la Ciudad Universitaria y sus instalaciones deportivas: el Estadio Olímpico Universitario, la Alberca Olímpica Universitaria y el Frontón Cerrado, entre otras.

El día que el Estadio abrió sus puertas (20 de noviembre de 1952), a las 5:30 de la tarde se dio paso a los II Juegos Juveniles Nacionales. Nueve días después fue sede del primer clásico de futbol americano disputado en este campus y ganado por los Pumas 20-19 sobre los Burros Blancos del IPN.

Un gran mural para el estadio de los universitarios

Visto desde el aire, el Estadio Universitario –como se le conoció en esa época– se asemeja a un sombrero de charro, para otros simula el cráter de un volcán. Está construido casi en su totalidad con base de mampostería de roca volcánica, aprovechándose al máximo el material propio del lugar.

Rodeado por las avenidas Universidad, Revolución, Insurgentes y el Periférico, desde el Estadio se observan el cerro del Ajusco y los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. En su lado oriente luce el relieve mural La Universidad, la familia y el deporte en México, realizado por Diego Rivera a los 66 años de edad; su relevancia dentro del movimiento muralista y en la pintura mexicana le asignaron un sitio en el magno proyecto plástico y cultural de Ciudad Universitaria.

El altorrelieve, constituido por piedras de colores naturales (tezontle, piedra de río, tecali y mármol, entre otras) aplicadas con cemento, directamente sobre el muro en talud, es sólo una parte de la propuesta original, más ambiciosa, que consistía en recubrir la totalidad de los muros exteriores del recinto deportivo.

Lo que se conjugo

La obra no se terminó. Según los historiadores, la parte inconclusa, sería trabajada con una técnica similar a la de los constructores de Mitla.

Rivera conjugó, de manera ecléctica el escudo de la Universidad Nacional como interpretación plástica del mestizaje. Referencias a las raíces culturales prehispánicas, como las mazorcas de maíz, el nopal y la serpiente emplumada, junto a una valoración de los trabajadores anónimos y la conjunción de fuerzas sociales, pretendieron constituirse en un referente nacionalista.

El muralista definió la obra como escultopintura y se refirió a ella como la realización más importante de su vida como “obrero plástico”, debido a que “a mis posibilidades individuales de invención y construcción, a mi sensibilidad creadora, se han sumado 70 sensibilidades de obreros admirables, albañiles y canteros que son tan artistas como los 12 pintores y arquitectos que hemos trabajado juntos”.

El artista también hizo obra en el interior del palco del rector, con la técnica de esgrafiado sobre pasta color óxido en las dos caras de un muro curvo de concreto. En el lado cóncavo dibujó el mural “La llama olímpica”; en la cara convexa, uno que simboliza la fundación de México-Tenochtitlán.



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