abril 17, 2021

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El poder de las mujeres yace en su fuerza y determinación

El poder de las mujeres yace en su fuerza y determinación
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A comienzos de la pandemia, la ONU y sus agencias advirtieron una y otra vez sobre la amenaza que las consecuencias económicas del COVID-19 significaba para las mujeres y los niños, como el cierre de las escuelas los perjudicaría psicológicamente, y cómo la falta de trabajo para las mujeres que ya de por sí sufrían de vulnerabilidades las empujaría aún más a la pobreza, el hambre y la desesperación.

Flor Rivera, una mujer rural de la provincia de Puntarenas en Costa Rica, no necesita de informes, ni discursos, ni mucho menos de estadísticas para saber que las advertencias eran una realidad, porque ella lo ha vivido todo.

A Flor la pandemia le puso una piedra gigante en el camino para cumplir su sueño de ser emprendedora, y para ganar no sólo su independencia económica si no para darle un sustento básico a sus hijos. Pero en su caso, el virus se trata sólo de un obstáculo más en una vida difícil, al ser mujer y haber crecido en la pobreza.

Originaria del campo de Nicaragua y madre de tres, Flor trabajó desde muy joven para apoyar a su familia, y como aún les sucede a millones de mujeres rurales más en el mundo, no pudo completar sus estudios.

“Llegué a cuarto año de colegio y no seguí estudiando por faltas económicas. Mi papá había dejado a mi mamá y ella se había quedado con ocho hijas y lo que le enviaba era solo para la comida, y no seguí estudiando”, cuenta.

Las “camaroneras” de Costa Rica

Flor migró a Costa Rica hace más de dos décadas siguiendo a su padre . Su oficio fue por muchos años pelar y despescuezar camarones para cualquier pescadería de Puntarenas que necesitara sus servicios. Un trabajo para nada fácil, además de mal pago, en el que tuvo que sufrir discriminación y explotación laboral.

“El camarón trae un ácido que lo suelta a medida que usted va trabajando, entonces si estas descabezando, la cabeza trae como una sierrita y hay mujeres que se rompen todos los dedos, les quedan en carne viva como si se hubieran cortado con una Gillete”.

Pero el ardor en las manos no era lo que más dolía de ser “camaronera”, cuenta Flor.

“Una vida muy difícil, en medio de maltratos muchas veces en las pescaderías. Ellos maltratan a las mujeres, y el trabajo que uno hace. Si uno se cae o se enferma, no hay como recurrir a una clínica, no hay nada de eso. Era una vida muy difícil, pero a la vez era el medio que uno utilizaba para traer el alimento a su casa, y para sacar a sus hijos adelante”.

La madre asegura que para trabajar la llamaban un día antes, y tenía que llegar muy temprano, porque si no alguien más le quitaba su puesto en medio de pleitos. En esa época se levantaba antes del amanecer para dejarles a sus hijos la comida hecha, y organizar quien los cuidaría y recibiría de la escuela mientras ella iba a trabajar.

 “Muchas veces uno se quería venir temprano porque tenía que recoger a sus hijos en la escuela, pero el dueño de la pescadería te decía: si te vas, mañana no vengas a trabajar. “No salen hasta que terminen así sean 8 o 9 de la noche ustedes me dejan ese camarón porque yo lo necesito”, decían, y era obligado, porque si no, usted sabía que la castigaban una semana o varios días y no te llamaban. Por la necesidad uno decidía quedarse, muchas veces pensando en que sus hijos estaban solos y que llegaba la tarde noche y que uno todavía no podía irse, son situaciones muy difíciles”.

Según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, las mujeres dedican en promedio tres horas más que los hombres a realizar labores de cuidado no remuneradas y trabajos domésticos en todo el mundo. Pero en el caso de Flor no se trata de horas, sino de la vida entera. A ella le ha tocado sola, mientras el padre de sus hijos trabaja fuera de Puntarenas.

“Él nunca ha estado en casa, siempre se iba a trabajar largo a San Jose, a Liberia, a cualquier parte del país que hubiera trabajo y siempre permanecía yo sola. Lo que el ganaba al ser peón de construcción apenas alcanzaba para pagar la luz y el agua y algo de víveres. Entonces yo siempre he estado sola, y sigo sola”.

Y es que la distribución de las responsabilidades de cuidados es sumamente desequilibrada, y recae principalmente en los hogares y de manera no remunerada, en las mujeres. Según ONU Mujeres, a pesar de su importancia, este trabajo sigue siendo invisibilizado, subestimado y desatendido en el diseño de políticas económicas y sociales en América Latina y el Caribe.

“Muchas veces deje a mi hija mayor con mi hija de añito y medio, que viniendo de la escuela la persona que me cuidaba la bebé se la pasaba para que ella la cuidara el resto de la tarde para yo no pagar todo el día de cuido, porque no iba a ganar los suficiente para pagar a la persona que me cuidara la bebe y que me quedara para sobrevivir”.

Sin trabajo

La participación desproporcionada de las mujeres en la economía informal hace que gocen de menores protecciones legales en materia de despidos, licencias remuneradas por enfermedad y otros derechos laborales en caso de pérdida del empleo.

Flor lo vivió en carne propia cuando las licencias de los barcos camaroneros de Puntarenas expiraron y no fueron renovadas por las autoridades como parte de un proyecto del Estado para prohibir la llamada “pesca de arrastre”, que como su nombre lo indica consiste fundamentalmente en el empleo de una red lastrada que barre el fondo del mar, capturando todo lo que encuentra a su paso. La técnica, según expertos, trae consecuencias graves sobre los ecosistemas marinos, incluidos los arrecifes, y no es sostenible.

Cuando las licencias se acabaron, el Instituto Costarricense de Pesca y Acuicultura (INCOPESCA) le sugirió a las peladoras de camarones, ahora desempleadas, que se organizaran como asociaciones para ser representadas y luchar por sus derechos.

“Se le estaba brindando apoyo a los pescadores que ya no iban a hacer el trabajo, a los marineros, a los cocineros de los barcos, tanto en el IMAS (Instituto Mixto de Ayuda Social), como otras instituciones que les brindaban víveres y cosas, y a las peladoras nadie las volteaba a ver porque simplemente no existíamos para ellos”.

Fue entonces cuando la Federación de Pesca Deportiva de Costa Rica FECOP, se acercó a estas mujeres y les propuso que se convirtieran en artesanas de señuelos de pesca.

“Desde que escuché ese proyecto yo dije yo quiero participar porque era una ilusión de fuente de trabajo”.

Pasó casi un año, en el que Flor sobrevivió limpiando casas y trabajando cuando le avisaban de “peladas” de camarón de laguna, o cosechado.  A finales de 2018 finalmente volvieron a reunir a las interesadas, seis mujeres de distintas asociaciones de camaroneras y les avisaron que expertos estadounidenses irían a enseñarles el arte de hacer los señuelos.

Con apenas una semana de curso, Flor y sus compañeras consiguieron un espacio pequeño dentro de una fábrica de hielo para trabajar, y comenzaron a hacer los señuelos con materiales que les habían dejado.

“Señuelos que al final nosotros no sabíamos si estaba bien o estaba mal porque la capacitación fue tan pequeña que no logramos aprender todo lo necesario. FECOP entonces nos dice que hay gente que quiere colaborarnos y comprarnos 300 señuelos. Pintarlos era lo más difícil porque no sabíamos cómo, éramos mujeres que pelábamos camarones, que nunca habíamos agarrado un aerógrafo, nunca habíamos agarrado un compresor, una pistola para pintar, nunca habíamos utilizado resina. Y empezamos a ver cómo era que hacíamos para que esos señuelos quedaran bien”.

La Federación les aconsejó formalizarse legalmente para poder seguir recibiendo apoyo, y fue entonces cuando decidieron crear la cooperativa Brujas del Mar, e invitaron a más compañeras peladoras de camarón.

“Cuando uno va a la playa, si usted va y se sienta y deja que la brisa le toque, uno siente una paz y una tranquilidad y siente que esas olas vienen y van y muchas veces se llevan lo que uno no quiere tener. El mar es algo tan bello que nos hicimos llamar brujas del mar, porque se supone que las sirenas eran las brujas del mar y las sirenas tenían algo mágico, y el mar tiene algo mágico para todas nosotras”.

Después de varios meses de ensayo y error, las mujeres estaban listas para vender sus primeros productos y fueron invitadas a una feria de pesca deportiva a finales de 2019.

“Fuimos a vender, vendimos, no muchos, pero vendimos unos cuatro, y dejamos otros en concesión en una tienda”.

Lo que más les ilusionaba, sin embargo, era la compra de los 300 señuelos que tanto se habían esforzado por hacer.

“Cuando ya íbamos a hacer la entrevista con la persona que nos había solicitado los 300 señuelos y empezar a vender, se vino la pandemia, se vino todo el sueño abajo… momentos muy difíciles. Cuando creíamos que íbamos a empezar a ver algo de dinero para el sustento de nuestras familias. Durante esa fabricación nos turnábamos para que unas fuéramos a trabajar un día y otras otro y ganarnos algo, porque no podíamos dedicarnos a tiempo completo, aún no lo podemos hacer”, cuenta Flor, sollozando con el recuerdo inminente de aquella desilusión.

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