mayo 31, 2020

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41 años del espacio escultórico de la UNAM

41 años del espacio escultórico de la UNAM
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Obra escultórica magna y precursora, lugar de meditación y de apreciación de la naturaleza, el Espacio Escultórico de la UNAM cumple mañana 41 años. Inaugurado el 23 de abril de 1979, este sitio emblemático fue ideado por seis artistas: Federico Silva, Helen Escobedo, Manuel Felguérez, Matías Goeritz, Hersúa y Sebastián, quienes buscaron “hacer del arte un acontecimiento para todos y para siempre”.

Fue una nueva expresión artística, “después de haber pasado por los gloriosos momentos del muralismo”. El Espacio Escultórico pertenece a una generación posterior y habla de la creatividad continuada de los artistas mexicanos y de cómo la Universidad los invita a participar, a ser parte de ella, afirmó Louise Noelle Gras Gas, secretaria Académica del Comité de Análisis para las Intervenciones Urbanas, Arquitectónicas y de las Ingenierías en el campus CU y los campi de la UNAM.

“Si a los artistas que formamos este equipo de trabajo no le sobrevive alguna de sus obras, el Espacio Escultórico, por todo lo que tiene de oculto y anónimo, habrá de perdurar como el intento colectivo de arte público más importante de los últimos años”, dijeron entonces los participantes.

Ubicado en la zona del Centro Cultural Universitario, este complejo es una representación con referencias prehispánicas del cosmos, rodeado de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel (datos de Fundación UNAM).

Se trata de una de las primeras obras de lo que hoy se denomina Land Art (arte de la tierra), aquel que se puede ver desde las alturas y que forma parte de la configuración de nuestro planeta, detalló la también integrante del Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE). “En el momento de su creación, la obra no se planteó así, la definición vino después”.

Espacio escultórico

Es un espacio monumental, una superficie de terreno natural que se compone de dos partes: una plataforma de desplante y una serie de figuras geométricas, 64 triángulos modulares de base rectangular de nueve por tres metros, con una altura de cuatro metros. El diámetro exterior de dicha plataforma es de 120 metros, mientras que en la zona interior mide 92.78 metros.

“Si lo visitamos, nuestros sentidos nos ayudarán a apreciarlo, porque una fotografía no lo va a explicar. Es una obra importante que no se puede fotografiar estando en tierra, desde ningún lugar donde uno se coloque; sus imágenes comprensivas deben ser aéreas”, resaltó.

Gras Gas, especialista en la arquitectura mexicana del siglo XX, recordó que este sitio surgió a instancias de Guillermo Soberón Acevedo, rector con un interés especial por fomentar las artes en la Universidad. Ya en 1976 se había inaugurado la Sala Nezahualcóyotl, sede de la Orquesta Filarmónica de la UNAM, en lo que sería el Centro Cultural Universitario.

No se trató de una integración de las artes plásticas, como la que se aprecia en los edificios de la Rectoría o la Biblioteca Central; los artistas invitados habían decidido hacer una obra en conjunto, “algo notorio, porque su trabajo es normalmente de forma independiente”.

Los seis escultores se reunieron durante meses. Eligieron un sitio en un nuevo lugar que apenas se abría para los universitarios y la sociedad, y plantearon hacer algo sencillo, pero poderoso: un enorme anillo circular contenido con piedra braza, y al centro la lava del volcán Xitle, así se mantuvo la fuerza de la erupción de hace alrededor de dos mil años, puntualizó.

Lo que se afirmo

La obra de 64 módulos –separados por la misma distancia, salvo una separación mayor en cuatro puntos: norte, sur, este y oeste– “resultó notoria en su momento”; además, se construyó sólo un acceso con unas baldosas que también fueron diseñadas por los artistas.

En 1979, los artistas participantes ya tenían una amplia trayectoria, que continuaron con gran trascendencia. En ese momento ya eran importantes y siguieron demostrando su calidad; su resonancia en el arte mexicano y a escala internacional ha sido clave. “Ya no están con nosotros Helen Escobedo y Mathías Goeritz, pero sí Federico Silva, Sebastián, Hersúa y Manuel Felguérez”, recordó.

En la primera época del Espacio Escultórico se ofrecían conciertos, porque descubrieron que la lava tiene cualidades acústicas. “Las personas se sentaban alrededor, en el piso. Yo tuve la suerte de asistir a varios”.

Desde su creación, es un lugar donde el arte está al alcance de quien quiera apreciarlo, reafirmó Louise Noelle Gras.

Junto al Espacio y a un costado del edificio de la Biblioteca y Hemeroteca nacionales, se creó luego un paseo escultórico conformado por obras de los propios artistas: Las serpientes del Pedregal y Ocho Conejo, de Silva; Ave dos, de Hersúa; Coatl, de Escobedo; Colotl, de Sebastián; Corona del Pedregal, de Goeritz, y Variante de la Llave de Kepler, de Felguérez.

Por su integración al paisaje, su monumentalidad y su belleza, el Espacio Escultórico es un lugar único y orgullo de la Universidad Nacional, concluyó.

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