La protesta que exhibió a Abelina López Alcaldesa de Acapulco

La protesta que exhibió a Abelina López: cuando el pueblo tiene que bloquear para ser escuchado

Por: Juan Román Mariche | Análisis Político y Social

Hay noticias que duran un día.

Y hay otras que, aunque aparentemente desaparecen de los titulares, siguen respirando debajo del enojo social.

Lo ocurrido el pasado 13 de mayo en Acapulco no fue solamente un bloqueo más sobre la Costera Miguel Alemán. Tampoco fue únicamente la toma del Ayuntamiento viejo por colonos cansados de esperar obras prometidas. Lo que realmente explotó aquel día fue algo mucho más delicado para cualquier gobierno: la ruptura de confianza entre ciudadanos y autoridad.

Porque cuando un pueblo tiene que cerrar calles, instalar anafres, dormir bajo toldos y radicalizar protestas para que le cumplan acuerdos previamente pactados, el problema deja de ser administrativo y se convierte en político.

Y eso hoy coloca en el centro del debate a Abelina López Rodríguez.

El desgaste que Morena no quiere mirar

Dentro de Morena existe un fenómeno peligroso que comienza a repetirse en varios municipios del país: gobiernos que llegaron bajo el discurso de transformación social, pero que poco a poco terminaron reproduciendo viejas prácticas de simulación, promesas sin cumplir y distanciamiento ciudadano.

Acapulco empieza a convertirse en uno de esos casos incómodos.

Los manifestantes encabezados por Rosario Merlín García denunciaron que obras previamente acordadas simplemente fueron canceladas pese a existir compromisos formales. No hablamos de caprichos políticos. Hablamos de pavimentación, agua potable, alumbrado y muros de contención que podrían evitar tragedias humanas en colonias vulnerables.

La pregunta entonces se vuelve inevitable:

¿Por qué esperar a que el ciudadano estalle para cumplir?

¿Por qué obligar al pueblo a vivir el desgaste físico, económico y social de una protesta para obtener atención?

Rosario Merlín y la política de territorio

Mientras el gobierno municipal enfrenta cuestionamientos, la figura de Rosario Merlín García comienza a crecer en sectores populares de Acapulco.

Y no es casualidad.

En tiempos donde gran parte de la política mexicana vive atrapada entre discursos, redes sociales y propaganda, los liderazgos territoriales vuelven a tomar fuerza porque son los únicos que aparecen donde realmente existen necesidades.

Calles destruidas.

Colonias sin iluminación.

Zonas con riesgo de deslave.

Puentes peatonales inexistentes.

Agua potable irregular.

La diferencia política muchas veces no la marca quien más habla, sino quien acompaña el problema cuando nadie más quiere entrar.

Por eso la protesta del 13 de mayo sigue viva.

Porque no nació de una estrategia electoral.

Nació del abandono acumulado.

El silencio incómodo de la dirigencia nacional

Otro elemento que comienza a generar conversación política en Guerrero es el silencio de sectores nacionales de Morena frente al desgaste de algunos gobiernos locales.

Muchos simpatizantes del movimiento comienzan a preguntarse si la dirigencia nacional realmente desconoce lo que ocurre en Acapulco o si simplemente decidió ignorarlo.

Y en política, la omisión también tiene costo.

Especialmente cuando la ciudadanía percibe que existen funcionarios protegidos por grupos internos de poder.

Claudia Sheinbaum y el contraste inevitable

Mientras en Acapulco aumentan las críticas, la figura de Claudia Sheinbaum aparece constantemente en el contraste ciudadano.

Incluso entre simpatizantes de izquierda existe la percepción de que Andrés Manuel López Obrador tomó la decisión correcta al respaldar a Sheinbaum para encabezar el relevo presidencial.

La razón es simple: en medio de un país golpeado por inseguridad, corrupción histórica y crisis institucionales, gran parte de la población exige estabilidad, disciplina administrativa y resultados concretos.

Exactamente lo que muchos acapulqueños sienten que hoy les falta en su gobierno municipal.

La calle ya emitió su veredicto

El error más grande de cualquier clase política es creer que una protesta termina cuando se libera una avenida.

No.

Las manifestaciones terminan físicamente, pero el enojo social permanece circulando durante meses o años.

Y eso es justamente lo que dejó sembrado el 13 de mayo en Acapulco.

Una sensación colectiva de decepción.

Porque cuando el ciudadano siente que solo bloqueando obtiene atención, entonces la gobernabilidad comienza a fracturarse lentamente.

Y cuando eso ocurre, ningún discurso alcanza para recuperar la confianza perdida.

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