EDITORIAL | En violencia la responsabilidad no tiene un solo rostro
Cada vez que un hecho de violencia sacude a una comunidad, la reacción suele repetirse. Las redes sociales se llenan de mensajes de indignación, los espacios informativos multiplican los titulares y, en cuestión de minutos, aparecen los responsables señalados por la opinión pública.
Es una respuesta comprensible. Nadie puede permanecer indiferente cuando una vida se pierde de forma violenta. Detrás de cada víctima hay una familia, amigos y una comunidad que enfrenta el dolor y la incertidumbre.
Sin embargo, la realidad rara vez puede explicarse con una sola frase.
En México existe una obligación constitucional que corresponde al Estado: garantizar la seguridad, investigar los delitos y procurar justicia. Esa responsabilidad es permanente y los ciudadanos tienen derecho a exigir resultados a quienes gobiernan.
Pero reducir cada acto de violencia al gobierno en turno también significa ignorar una parte del problema.
La inseguridad que hoy enfrenta el país no nació en un solo sexenio, ni en una sola administración estatal o municipal. Es el resultado de décadas de impunidad, corrupción, debilidad institucional, desigualdad y expansión de organizaciones criminales que han encontrado espacios para crecer donde las instituciones han sido insuficientes.
También existen responsabilidades individuales.
Cada persona toma decisiones a lo largo de su vida. Servidores públicos, empresarios, ciudadanos, jóvenes y adultos enfrentan diariamente elecciones que pueden acercarlos o alejarlos de la legalidad. Ninguna autoridad puede sustituir la responsabilidad personal.
Por eso resulta peligroso buscar explicaciones simples para problemas complejos.
No todos los funcionarios son iguales. No todas las víctimas tienen la misma historia. No todos los casos responden al mismo origen.
Cada investigación merece desarrollarse con pruebas, sin prejuicios y sin convertir las especulaciones en sentencias públicas.
Como sociedad también tenemos una tarea pendiente.
Con frecuencia exigimos resultados inmediatos, pero pocas veces reflexionamos sobre las causas profundas que permiten que la violencia continúe reproduciéndose. La educación, la cultura de la legalidad, el fortalecimiento de las instituciones, la participación ciudadana y la denuncia forman parte de una solución que difícilmente llegará únicamente mediante discursos o cambios de gobierno.
La justicia no puede depender solamente de capturar a quienes cometen un delito. También requiere prevenir que nuevas generaciones encuentren en la violencia una forma de vida.
El periodismo tiene igualmente una responsabilidad.
Nuestra función no consiste en alimentar el enojo colectivo ni en buscar culpables antes de que concluyan las investigaciones. Tampoco en minimizar el dolor de las víctimas.
Informar implica ofrecer contexto, distinguir entre hechos comprobados y opiniones, escuchar todas las voces y recordar que detrás de cada estadística existen personas cuyas vidas cambiaron para siempre.
Quizá la pregunta más importante no sea quién recibe la culpa después de cada tragedia.
La pregunta es qué estamos haciendo, como instituciones y como sociedad, para que la siguiente tragedia no vuelva a repetirse.
Mientras esa respuesta siga pendiente, ningún gobierno podrá declararse plenamente exitoso, pero tampoco la sociedad podrá conformarse con encontrar un solo responsable para un problema que nos involucra a todos.
Porque la seguridad no es únicamente una tarea del gobierno; es una construcción colectiva que exige instituciones fuertes, ciudadanos responsables y un compromiso permanente con la legalidad.


