Antes de exigir que el Gobierno encuentre a nuestros hijos, aprendamos a protegerlos
La prevención comienza en casa. Las redes sociales pueden acercar a nuestros hijos a personas que desconocemos, mientras una distracción, una falsa confianza o una conversación que nunca tuvimos pueden dejarnos sin respuestas. Los criminales son los responsables de sus delitos, pero las familias también tenemos una tarea que no podemos delegar.
Hay un dolor que ningún padre debería conocer: mirar la puerta de su casa y preguntarse dónde está su hijo.
Al principio, uno intenta convencerse de que no pasa nada. Quizá se quedó sin batería. Tal vez perdió el transporte, está con un amigo o simplemente olvidó avisar que llegaría tarde. Pasan los minutos. Después, las horas. Las llamadas no reciben respuesta y los mensajes se quedan sin contestar.
Entonces aparece el miedo. ¿Está vivo? ¿Alguien lo tiene? ¿Tiene hambre o frío? Y cuando la incertidumbre se prolonga, la imaginación se convierte en un castigo insoportable. Quienes han vivido la desaparición de un ser querido conocen esa angustia: no saben qué le ocurrió ni si volverán a abrazarlo. Ante semejante dolor, hay una pregunta que debemos hacernos como sociedad, aunque resulte incómoda: ¿Estamos haciendo todo lo que está a nuestro alcance para proteger a nuestros hijos antes de que desaparezcan?
El teléfono que los entretiene también puede abrir una puerta peligrosa
Vivimos en una época en la que un teléfono inteligente es una ventana al conocimiento, pero también a personas que mienten sobre su identidad, ocultan sus intenciones y buscan ganarse la confianza de niños y adolescentes.
Un desconocido puede presentarse como alguien de la misma edad, ofrecer regalos o escuchar los problemas de un menor para aprovecharse de su vulnerabilidad. La manipulación avanza lentamente hasta exigir fotografías privadas, amenazar o proponer un encuentro que desemboca en extorsión o explotación.
Por eso, entregar un teléfono a un menor sin explicarle los riesgos, establecer límites ni mantener una comunicación abierta es una decisión que merece reconsiderarse.
Aquí debemos hablar con honestidad. Hay padres que entregan el celular para que sus hijos se entretengan mientras trabajan o atienden otras responsabilidades, buscando unos minutos de tranquilidad frente a jornadas laborales agotadoras. Pero el problema aparece cuando el dispositivo termina sustituyendo la conversación y la convivencia. Un aparato puede entretenerlos durante horas, pero jamás reemplazará el criterio que se desarrolla cuando un adulto les enseña a distinguir el peligro.
El error de pensar que nunca nos va a pasar
Existe una frase peligrosa: «Eso solamente les pasa a los demás». Creemos que conocemos nuestro barrio o que nuestros hijos saben cuidarse, hasta que ocurre lo inesperado.
La prevención exige aceptar una realidad difícil: ninguna familia está completamente libre de riesgos. Si un adolescente recibe una amenaza por internet o se siente atrapado en una relación manipuladora, necesita saber que puede acudir a sus padres sin que la primera reacción sea el insulto, la humillación o el castigo. El miedo a ser castigado lo empuja a guardar silencio justo cuando más necesita ayuda.
El Gobierno tiene una obligación, pero no puede estar en todas partes
Cuando desaparece una persona, la familia tiene derecho a exigir una búsqueda diligente, una investigación profesional y respuestas de las instituciones, sin importar su estatus social. Las autoridades deben combatir las redes criminales y evitar la impunidad.
Sin embargo, debemos comprender una realidad: el Estado tiene la obligación de proteger, pero no posee el poder de anticipar cada delito ni de impedir por sí solo toda expresión de violencia humana. Ningún gobierno puede colocar a un agente detrás de cada niño o vigilar cada calle las veinticuatro horas.
Una sociedad responsable necesita ambas cosas: instituciones capaces de responder y ciudadanos que no deleguen por completo su seguridad en casa.
Nos preocupa la inteligencia artificial, ¿y la maldad humana?
Hoy se debate intensamente sobre los riesgos de la inteligencia artificial. Es una discusión legítima. Pero hay una contradicción: mientras tememos a lo que una máquina podría hacernos en el futuro, hay personas que ya utilizan herramientas digitales para engañar, extorsionar y agredir a otros seres humanos.
La tecnología no necesita maldad propia; es el criminal quien la utiliza para suplantar identidades o engañar a un menor. No deberíamos elegir entre preocuparnos por la tecnología del futuro y combatir la criminalidad de hoy.
Antes de que sea demasiado tarde
Cuidar no significa vivir con miedo ni encerrar a nuestros hijos. Significa darles herramientas para reconocer riesgos, acompañar sin asfixiar y entender que un teléfono nunca debe ser una niñera permanente.
A los padres que trabajan jornadas agotadoras: no se trata de vivir aterrorizados, sino de no confundir el amor con la confianza ciega. Preguntemos, escuchemos, enseñemos y acompañemos.
Porque ningún padre debería tener que aprender a buscar a su hijo en medio de la desesperación para descubrir cuánto necesitaba protegerlo. El mejor momento para hablar con ellos es hoy, cuando todavía podemos abrazarnos.

