¿Cuánto estás dispuesto a arriesgar por dinero? La pregunta que también debe hacerse una familia antes de migrar
No se trata de decirle a nadie: “No te vayas”.
Tampoco de juzgar al mexicano que cruza una frontera buscando mejores ingresos, una oportunidad de trabajo o una vida que siente que en su propio país no puede construir.
Se trata de hacer una pregunta mucho más incómoda:
¿Cuánto estás dispuesto a arriesgar por migrar, y cuánto estás dispuesto a hacer que arriesgue tu propia familia, por conseguir más dinero?
Porque cuando un padre se va, no viaja solamente él.
En casa se queda una esposa con preocupaciones que muchas veces no comparte para no preocupar a los hijos. Se quedan niños que aprenden a crecer con una silla vacía en la mesa. Se quedan padres que esperan una llamada. Y queda una familia que, aunque reciba dinero, también puede vivir con una pregunta que nadie quiere pronunciar:
¿Y si algo le pasa por migrar?
El dinero puede llegar. La persona, quizá no.
La historia de Prisciliano Trejo vuelve a poner esa pregunta sobre la mesa.
Un mexicano joven, lejos de su país y de los suyos, terminó enfrentando una situación que nadie quisiera vivir: una detención migratoria, un deterioro grave de salud, el coma y finalmente la muerte.
Su historia no significa que todos los migrantes estén destinados a sufrir lo mismo.
Pero sí nos obliga a recordar algo que muchas veces olvidamos cuando hablamos de remesas, dólares y oportunidades:
detrás del dinero al migrar siempre hay una persona.
Y detrás de esa persona hay una familia.
¿Qué siente una familia cuando el dinero llega, pero el miedo también?
Hay familias que agradecen cada dólar enviado desde Estados Unidos porque ese dinero paga la comida, la escuela, la casa, las medicinas o permite salir adelante.
Pero el dinero no elimina necesariamente la ausencia.
No abraza a un hijo.
No acompaña a una esposa.
No sustituye una conversación.
No responde una llamada cuando alguien necesita escuchar una voz.
Y tampoco puede garantizar que quien se fue regresará algún día.
Ahí aparece una contradicción dolorosa:
la persona se marcha para darle una vida mejor a su familia, pero la propia decisión puede someter a esa familia a una incertidumbre que el dinero no consigue resolver.
¿Y si primero pensamos en la familia?
Quizá antes de decidir migrar habría que cambiar la pregunta.
No solamente:
“¿Cuánto puedo ganar allá?”
Sino también:
“¿Qué puedo perder aquí?”
¿Estoy preparado para pasar años lejos de mis hijos?
¿Estoy preparado para que ellos crezcan sin mi presencia cotidiana?
¿Mi pareja está realmente de acuerdo o simplemente acepta porque cree que no existe otra alternativa?
¿Tenemos un plan si soy detenido?
¿Tenemos un plan si enfermo?
¿Tenemos un plan si pierdo el trabajo?
¿Tenemos un plan si no puedo regresar?
Son preguntas duras.
Pero quizá sea mejor responderlas antes de cruzar una frontera que después intentar responderlas desde una sala de hospital, un centro de detención o una llamada telefónica que nadie quería recibir.
El desencanto también puede crecer dentro de casa
Hay algo de lo que pocas veces hablamos.
Un hijo puede comprender que su padre se fue para ganar dinero.
Una esposa puede comprender que su esposo buscó una oportunidad.
Una familia puede comprender la necesidad económica.
Pero comprender una decisión no significa que no duela.
Con los años pueden aparecer sentimientos difíciles: tristeza, distancia, enojo, resentimiento o incluso la sensación de que el dinero terminó ocupando el lugar de la presencia.
Y eso no significa que quien emigró no ame a su familia.
A veces ocurre precisamente lo contrario: se fue porque quería protegerla.
Pero las buenas intenciones tampoco eliminan las consecuencias.
México también debe hacerse responsable
Esta reflexión tampoco puede convertirse en un reproche contra quien se marcha.
Porque sería muy fácil decirle a una persona:
“Quédate en México y haz crecer tu país”.
Pero primero hay que preguntarle a México qué está haciendo para que esa persona quiera quedarse.
Un país que quiere recuperar a sus hijos necesita ofrecerles oportunidades.
Trabajo digno.
Seguridad.
Educación.
Salarios que permitan vivir.
Crédito para emprender.
Condiciones para que quien regrese pueda comenzar nuevamente.
Porque no basta con pedirles que regresen.
Hay que darles razones para hacerlo.
Quizá el verdadero progreso tenga otro significado
Durante años nos hicieron creer que progresar era tener una casa más grande, un automóvil mejor o mandar más dólares a México.
Pero quizá también sea progreso poder cenar con los hijos.
Verlos crecer.
Estar presente cuando enferman.
Acompañarlos en la escuela.
Celebrar sus cumpleaños.
Abrazar a los padres mientras todavía están vivos.
Construir un negocio junto a la familia.
Y dormir tranquilo sabiendo que, aunque no se tenga todo, se tiene cerca aquello que ninguna cantidad de dinero puede comprar.
La decisión no es solamente del migrante
Por eso la pregunta no debería dirigirse únicamente al hombre o la mujer que está pensando en irse.
También debería hacerse en familia.
¿Qué estamos buscando?
¿Cuánto necesitamos realmente?
¿Qué estamos dispuestos a sacrificar?
¿Qué riesgos no estamos dispuestos a correr?
Y quizá la pregunta más importante:
¿Estamos buscando una vida mejor o solamente más dinero?
Porque no siempre son la misma cosa.
Prisciliano Trejo ya no puede responder estas preguntas.
Su familia tampoco puede cambiar lo ocurrido.
Pero su historia puede servir para que otros se detengan antes de tomar una decisión.
No para prohibirles soñar.
No para condenarlos por querer progresar.
No para decirles que Estados Unidos es un lugar donde nadie los quiere.
Sino para recordarles algo mucho más sencillo y doloroso:
el dinero puede ayudar a una familia a vivir, pero no puede reemplazar a quien la familia ama.
Y cuando una decisión pone en riesgo la vida de quien se va, también pone en riesgo emocionalmente a quienes se quedan.
Antes de preguntarte cuánto puedes ganar lejos de casa, quizá deberías preguntarte cuánto estás dispuesto a perder para conseguirlo.


