Los “canales de la muerte” donde madres buscan a sus hijos desaparecidos

Los canales de la muerte: cuando una madre tiene que salir a buscar a su hijo

Madres buscadoras recorren canales del Edomex entre lodo, basura y aguas residuales. Su búsqueda también deja una advertencia para las familias.

Hay algo que ningún padre debería aprender a hacer: buscar a su hijo entre el lodo, la basura y el agua contaminada de un canal.

Mucho menos hacerlo con una pala, una varilla y el miedo de que aquello que está buscando pueda ser la última pista de una vida que un día simplemente dejó de estar.

Pero eso ocurre en el Estado de México.

Madres buscadoras han comenzado a recorrer canales de la red hidráulica en municipios del Valle de México. Lo hacen porque no quieren dejar un solo lugar sin revisar. Lo hacen porque sus hijos siguen desaparecidos. Y porque, cuando una persona falta, la incertidumbre puede convertirse en una fuerza capaz de llevar a una madre hasta los lugares más peligrosos.

Los colectivos han bautizado algunos de estos sitios como “los canales de la muerte” y han alertado que podrían ser utilizados para ocultar cuerpos.

No corresponde a una familia determinar qué hay debajo del lodo. Para eso están los peritos y las instituciones de procuración de justicia.

Pero sí corresponde a las familias preguntar.

Y a las autoridades, responder.

Antes de buscar, hay que cuidar

Esta historia también debería servir como una llamada de atención para los padres.

No para asustarlos.

No para vivir encerrados.

Mucho menos para responsabilizarlos de lo que pueda ocurrirle a un hijo.

Sino para recordar algo que en medio de la rutina puede olvidarse: saber dónde están nuestros hijos, con quién están, cómo regresarían a casa y mantener una comunicación cercana puede ser una herramienta de prevención.

No existe una fórmula que garantice que una persona jamás será víctima de un delito.

Pero sí existe una responsabilidad familiar que podemos asumir todos los días: estar atentos.

Preguntar.

Escuchar.

Conocer a los amigos de nuestros hijos.

Saber qué lugares frecuentan.

Mantener abiertos los canales de comunicación, especialmente cuando son adolescentes o jóvenes que comienzan a construir su propia independencia.

No porque debamos vivir con miedo.

Sino porque una conversación cotidiana puede ser mucho más valiosa de lo que imaginamos.

El problema comienza cuando la búsqueda sustituye a la respuesta

La historia de estas madres revela una realidad todavía más dolorosa.

Hay familias que, después de denunciar una desaparición, terminan convirtiéndose ellas mismas en investigadoras.

Aprenden a leer mapas.

Siguen ubicaciones telefónicas.

Revisan videos.

Preguntan por cámaras.

Recorren terrenos.

Entran a canales.

Aprenden a reconocer huesos y restos que después deben ser examinados por especialistas.

Y lo hacen mientras continúan siendo madres, esposas, hermanas, hijas o trabajadoras.

Algunas tienen otros hijos que también las necesitan.

Pero la angustia puede ser más fuerte.

Una madre puede estar cocinando para sus otros hijos y, al mismo tiempo, preguntarse dónde está aquel que falta.

Puede intentar dormir y despertar pensando en una llamada.

Puede recibir un mensaje desconocido y sentir que finalmente llegó la noticia que lleva meses esperando.

Y puede terminar caminando entre basura y aguas residuales porque alguien le dijo que quizá ahí exista una posibilidad.

Eso también forma parte de la desaparición.

El desaparecido no es el único que sufre.

La desaparición se queda viviendo dentro de toda una familia.

José Iván tiene nombre

José Iván López Ornelas tenía 23 años cuando desapareció, el 20 de septiembre de 2024, en Tecámac.

Su madre, Guadalupe Ornelas López, ha seguido distintas pistas.

La familia obtuvo videos en los que se observa a José Iván entrar a un domicilio. No pudieron verlo salir. Después siguieron las ubicaciones de su teléfono.

Ojo de Agua.

Tonanitla.

Nextlalpan.

Zumpango.

Arco Norte.

Chalco.

Una ruta convertida en preguntas.

Otra familia busca a José Ricardo Núñez Gómez, de 24 años, desaparecido el 20 de enero de 2026 en Tultepec.

Sus familiares pidieron revisar un canal cercano al lugar donde desapareció.

Y ahí comienza nuevamente la búsqueda.

El olor.

El sol.

La basura.

El agua contaminada.

El cansancio.

El miedo.

Y una esperanza que resulta difícil de explicar a quien nunca ha tenido que vivirla.

“Encontrar un hueso es una esperanza”

Quizá ninguna frase explique mejor el tamaño de esta tragedia.

Una de las buscadoras lo dijo así:

“Encontrar un hueso para nosotros es una esperanza.”

Para cualquiera que escucha esas palabras, resultan estremecedoras.

Para una familia que lleva meses o años sin saber dónde está uno de los suyos, pueden significar algo diferente.

Un resto puede representar una respuesta.

La posibilidad de identificar.

La posibilidad de dejar de buscar.

La posibilidad de saber finalmente qué ocurrió.

Incluso el derecho a llorar con certeza.

Porque también existe una forma particularmente cruel de dolor: no saber.

Los discursos tranquilizan. La realidad de las familias es otra

Los gobiernos tienen la obligación de informar sobre seguridad y transmitir tranquilidad.

Pero las familias tienen derecho a mirar la realidad desde otro lugar.

Desde el lugar de quien espera una llamada.

Desde el lugar de quien pega una fotografía en una pared.

Desde el lugar de quien recorre un terreno con una pala.

Desde el lugar de quien se pregunta si su hijo está vivo.

No se trata de enfrentar a las familias con las instituciones.

Se trata de recordar que una cifra de desaparecidos no es una estadística cuando tiene el rostro de un hijo.

Y que una política de seguridad no puede medirse únicamente por los comunicados.

También debe medirse por la capacidad del Estado para encontrar a quienes faltan, identificar los restos cuando aparecen, investigar las desapariciones y evitar que otras familias tengan que atravesar el mismo camino.

Que nuestros hijos vuelvan a casa

Quizá la lección más sencilla de esta historia sea también la más difícil.

Cuidemos a nuestros hijos.

Hablemos con ellos.

Preguntemos dónde están.

Pidámosles que avisen cuando lleguen.

Conozcamos sus amistades y sus recorridos.

Y, sobre todo, construyamos una relación en la que puedan contarnos cuando algo no está bien.

No porque podamos controlar cada minuto de sus vidas.

No porque los padres tengan la culpa cuando una tragedia ocurre.

Sino porque estar cerca también es una forma de protección.

Las madres buscadoras no deberían estar caminando entre canales de aguas residuales para encontrar a sus hijos.

Deberían estar esperando que sus hijos regresen a casa.

Y ninguna familia debería tener que aprender a distinguir entre basura, lodo y restos humanos para encontrar una respuesta.

Porque detrás de cada persona desaparecida hay alguien que todavía espera.

Y mientras una familia siga esperando, la historia no puede darse por terminada.

Por Juan Román Mariche

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