Morena y la disputa por Guerrero
Por Silvestre Arizmendi
En política, las narrativas rara vez son espontáneas. Generalmente responden a intereses concretos y buscan influir en la percepción pública antes que debatir ideas. Lo ocurrido en los últimos días en torno a la maestra Esthela Damián Peralta es un ejemplo de ello.
Se intentó instalar la versión de que su proyecto era impulsado por actores ajenos a Morena y no por quienes construyeron este movimiento en Guerrero. Sin embargo, la conferencia de prensa ofrecida en Chilpancingo el pasado lunes modificó ese escenario político.
Las y los fundadores de Morena, quienes organizamos el partido desde sus inicios, quienes integramos el primer Comité Ejecutivo Estatal, los comités municipales y las primeras estructuras de organización territorial, expresamos públicamente nuestro respaldo a Esthela Damián para coordinar los Comités de Defensa de la Transformación en Guerrero.
Ese respaldo no surgió de una coyuntura. Responde a una convicción política construida durante años.
Conviene recordar un hecho poco mencionado: fueron precisamente fundadoras y fundadores de Morena quienes impulsaron que Esthela Damián regresara a su estado natal para aportar su experiencia política y administrativa al proceso de transformación en Guerrero. No fue una incorporación circunstancial ni una decisión de última hora; fue una invitación de quienes conocían su trayectoria y consideraban que su capacidad podía contribuir al fortalecimiento del movimiento en una entidad muy viciada políticamente.
Por ello, resulta difícil sostener la narrativa de que su proyecto carece del respaldo del morenismo histórico. Los hechos demuestran lo contrario.
El apoyo no obedece únicamente a una persona. Responde a una visión sobre el momento político que vive Guerrero.
Nunca había observado una campaña de descalificaciones tan intensa contra una aspirante a conducir los trabajos de organización política de Morena en nuestro estado. La magnitud de los ataques obliga a preguntarse por qué un perfil genera tanta resistencia.
La respuesta, es evidente. Durante décadas, Guerrero ha estado marcado por inercias políticas que permitieron la consolidación de grupos de poder acostumbrados a decidir el rumbo de la vida pública. Han cambiado los partidos, han cambiado los gobiernos e incluso han cambiado los discursos, pero muchos de esos grupos han encontrado siempre la manera de conservar influencia, proteger intereses y mantener parcelas de poder y aplican la máxima de “muera el rey, víva el rey”.
Los cacicazgos políticos no desaparecen por decreto.
Se adaptan. Cambian de estrategia, modifican sus alianzas y buscan sobrevivir a cualquier proceso de transformación para seguir ejerciendo control sobre las decisiones públicas. Se cambian de partido como cambiar de calzón y a los que antes servían ahora los desconocen y en algunos casos los combaten.
Esa ha sido una de las grandes asignaturas pendientes de Guerrero. Por eso considero que la discusión de fondo no es únicamente quién coordinará los Comités de Defensa de la Transformación. Lo verdaderamente importante es definir si los guerrerenses tomaremos la decisión de consolidar una conducción política libre de inercias que durante años han condicionado la vida pública del estado, estructuras que buscan a toda costa mantener vigentes sus canonjías.
La Cuarta Transformación nació para cambiar esa lógica. Nació para democratizar el ejercicio del poder, para desterrar la política patrimonialista y para demostrar que el servicio público debe responder al interés colectivo y no a la preservación de privilegios.
Desde esa perspectiva nuestro respaldo a Esthela Damián. No únicamente por su experiencia administrativa o por su capacidad política, sino porque consideramos que representa un perfil con formación, resultados y visión para fortalecer la organización del movimiento en Guerrero, sin chantajes, ni presiones de grupos.
Su trayectoria ha estado ligada a las causas de la izquierda.
Nunca construyó su carrera política combatiendo al movimiento de transformación. Acompañó al presidente Andrés Manuel López Obrador en las buenas y en las malas durante años y hoy respalda el proyecto que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo para consolidar el segundo piso de la Cuarta Transformación.
Ese respaldo también expresa una definición política. Quienes fundamos Morena no creemos que la transformación deba quedar condicionada por los mismos grupos que durante décadas administraron cuotas de poder como patrimonio propio. Creemos que ha llegado el momento de abrir paso a una nueva etapa en la que la organización territorial, la capacidad política y la lealtad a los principios del movimiento prevalezcan sobre los intereses de grupo.
La conferencia del pasado lunes dejó una señal política inequívoca. El morenismo que fundó este movimiento en Guerrero decidió fijar una posición pública. No para confrontar por confrontar, sino para dejar claro que existe una visión sobre el rumbo que debe seguir Morena y sobre el tipo de liderazgo que necesita la transformación en nuestro estado.
Al final, la disputa no es solamente por una coordinación política. La verdadera disputa es entre quienes consideran que Guerrero debe romper definitivamente con los viejos mecanismos de control y quienes, desde distintas posiciones, siguen apostando por preservar las inercias que históricamente les permitieron conservar influencia.
Los grupos de poder pueden resistirse al cambio, pueden intentar desacreditar a quienes representan una alternativa e incluso adaptar sus estrategias para sobrevivir. Lo que no pueden hacer indefinidamente es detener la voluntad de una militancia organizada ni el deseo de una sociedad que exige una forma distinta de ejercer el poder. El pueblo es sabía decía Andrés Manuel López Obrador.
Ese es, en el fondo, el debate que hoy vive Guerrero.


